Cigarrillos electrónicos, ¿solución o problema?

En los últimos meses están proliferando las tiendas de cigarrillos electrónicos (e-cigs) en el centro de las ciudades y en lugares de paso. Asimismo la publicidad de estos dispositivos es cada vez más común. Los e-cigs liberan determinadas dosis de nicotina sin mediar combustión sino a través de un proceso de calentamiento de una resistencia eléctrica que genera vapor. Para ello se requieren propelentes yo humectantes como el propilenglicol y la glicerina. Incluso se ha acuñado la palabra “vapear”, y los consumidores de los cigarrillos electrónicos no “fuman” sino que “vapean”, lo que les confiere cierta dosis de glamour. Los pacientes nos preguntan en la consulta sobre su utilidad para dejar de fumar, y ya hay entusiastas interesados que alaban los supuestos beneficios de estos dispositivos. Pero, claro, una cosa es un producto lúdico y otra muy distinta es un producto sanitario. Su composición no es para nada inocua pues la nicotina es una droga muy adictiva por vía inhalada y además es un veneno utilizado todavía como potente insecticida anti-pulgón en los invernaderos extensivos. La nicotina es tóxica para el corazón y el cerebro por su efecto indeseable en la frecuencia cardíaca y en las arterias. El propilenglicol se ha usado como aditivo alimentario, como anticongelante y en la generación de humo en espectáculos teatrales, pero además es un producto irritante para mucosas de ojos, garganta y bronquios que puede causar asma infantil. La glicerina se ha usado como cosmético, como laxante y forma parte de la formula del biodiésel. Sin embargo, nunca se había usado por vía inhalada. Sabemos que puede causar neumonía grasa (lipoidea) cuando se consume en los e-cigs. También se han detectado en los e-cigs trazas de nitrosaminas y metales pesados (plomo, cromo, níquel..) en cantidades muy inferiores a los cigarrillos convencionales pero con efectos impredecibles a largo plazo dado que son productos carcinógenos de efecto acumulativo a lo largo de la vida. Recientemente se ha comprobado que el vapor de los e-cigs contiene partículas que se liberan al medio ambiente en una concentración de cinco a diez veces mayor que los estándares fijados por la Unión Europea y la Organización Mundial de la Salud. Ese nivel de partículas puede ser varias veces mayor del que se puede medir en la vía pública con trafico incluido.

Los cigarrillos electrónicos han entrado de pleno en el debate social, con connotaciones que afectan a la salud personal y a la salud pública. Su auge pone en peligro muchos de los avances más preciados logrados recientemente en la prevención y control del tabaquismo en nuestro país. No solo son importantes aspectos como su eficacia para ayudar a dejar de fumar, y su seguridad de uso. Hay otros aspectos a considerar como el posible efecto adverso que puede impedir el cese definitivo del consumo de tabaco, o animar a los jóvenes y a los exfumadores a probar estos nuevos productos, al verse atraídos por los sabores y la falsa imagen de seguridad. Lo más grave es que el cigarrillo electrónico puede perpetuar la presencia social del hábito tabáquico en la vida de muchos españoles, y no hay estudios concluyentes que nos digan que pueden ser un mal menor.

La postura ante estos dispositivos debe ser la regulación y la prudencia. No apostamos por una prohibición drástica. Y la mejor opción es guiarse por lo que dice la Organización Mundial de la Salud: “Hasta que no haya datos que demuestren que los cigarrillos electrónicos son productos seguros, eficaces y de calidad aceptable, se debería advertir seriamente a los consumidores que se abstengan de utilizarlos”. No es de recibo que se presenten comercialmente como un producto saludable o como un método “milagro” para dejar de fumar. Eso se llama publicidad engañosa. Sabemos que dos de cada tres usuarios lo utilizan junto a los cigarrillos convencionales no como sustitutos de ellos. Se trata de emitir mensajes educativos, mensajes de prudencia y uso responsable. La regulación debería prohibir su venta a menores, su publicidad y su uso en espacios públicos cerrados sin excepción. Una regulación débil como la aprobada recientemente en el Parlamento español solo servirá para aplazar los problemas y cometer los mismos errores históricos que se cometieron con el tabaco. Las verdades a medias son más nocivas que las mentiras gruesas.

 

Fuente: El País  (http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/03/03/actualidad/1393857381_044932.html)

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